Mudanzas
Febrero 8, 2008
I
Ojalá todas las casas empezaran donde las construye N.. A ella, que siempre tiene ojos mejores que los míos, le debo ésta. La foto que eligió es hermosa, aunque me haga quedar como un maricón. No creo que sea peor a describir la fiesta de tigres que brota si te llega a tocar un pelo. En fin, Arquitectura.
II
Baile Uno
Bailar. Una mudanza de cuerpo y espíritu y le hacemos dedo a los Chemical Brothers. Girás la cabeza como loca, tu pelo sacude el aire, yo trato de subir y bajar de espaldas las escaleras de tu mentón. Hacer equilibrio. Creamfields me importa un carajo, no puedo ni siquiera pensar en la posibilidad de una pista de baile fuera del rastro al que se abandonan tus piernas. El quiebre inseguro de tus piernas. Pista de baile. Intento seguirte, todavía me resbalo, insisto en mis tentativas inútiles de hacer equilibrio. 1. Transpiración; 2. Cansancio; 3. Rehabilitación. Chemical Brothers. Transmigración, una mudanza de cuerpo y espíritu subidos al auto de unos tipos que se llaman Tom y Ed.
III
Baile Dos
El tipo que mejor filmó Nueva York probablemente haya sido Jim Jarmusch en Permanent Vacation. Algún día voy a hablar más de eso, de la facilidad de algunas personas para retratar determinadas ciudades, de que para mí Córdoba queda más cerca si es en un texto de Salzano, de que no debe haber una París mejor que la que escribió Cortázar en Rayuela.
Es 1980 y Jarmusch juntó aunque sea unas pocas monedas para filmar su ópera prima. Entonces, Cine: Jarmusch nos muestra Nueva York desde los pies de Allie, un vagabundo constante que no puede hacer otra cosa que caerte bien desde su peinado raro, su forma de combinar trajes con cigarrillos y su fanatismo casi freak por Charlie Parker. Nunca pude pensar nada malo de la gente que todavía quiere demasiado a Charlie Parker. Pero volvamos a la Nueva York de Jarmusch. Allie es una hora y monedas de caminata, travelling. Nueva York, entonces, es el puñado de diálogos en los que se detiene el protagonista en su trayecto a Por Qué Mejor No Le Preguntan A Él. Lo que aparece entonces es una ciudad diagonal, un comentario sacado de contexto, una colección de sujetos bizarros, marginales. Una siesta en una terraza. Y yo nunca fui a Nueva York, pero uno empieza a creer que personajes como esos son la ciudad entera. Quién pudiera desnudar así a una ciudad como lo hizo Jim Jarmusch a los 27 años.
Una escena que me conmueve: Allie está visitando a su único domicilio al menos periódico, una chica que no le saca los ojos a la ventana mientras él le pasa el parte de novedades, desde el Jueves que no te veo, dónde anduve, siempre por ahí. Silencio y apurarse para poner en el tocadiscos un jazz violento de Bird. Toda la velocidad del mundo, pensé la primera vez que la ví, no puede ni pisarle los talones a la danza bebop de Allie en Jarmusch.
Alloysius, un día dejás una nota y te tomás el palo a Francia.
Bailar con Charlie Parker y el tipo de Permanent Vacation. Eso es bailar. Eso es una mudanza. No estacionar en ningún lado, no hace falta para que siga siendo mandarte a mudar cuando te vayás a París.
Muñeca
Sacado de un libro de Auster. Tom le cuenta a Nathan, es Brooklyn Follies:
“Estamos en el último año de la vida de Kafka, que se ha enamorado de Dora Diamant, una chica polaca de diecinueve o veinte años de familia hasídica que se ha fugado de casa y ahora vive en Berlín. Tiene la mitad de años que él, pero es quien le infunde valor para salir de Praga, algo que Kafka desea hacer desde hace mucho, y se convierte en la primera y única mujer con quien Kafka vivirá jamás. Llega a Berlín en el otoño de 1923 y muere la primavera siguiente, pero esos últimos meses son probablemente los más felices de su vida. A pesar de su deteriorada salud. A pesar de las condiciones sociales de Berlín: escasez de alimentos, disturbios políticos, la peor inflación en la historia de Alemania. Pese a ser plenamente consciente de que tiene los días contados.
»Todas las tardes, Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día, se encuentran con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. “¿Y tú cómo lo sabes”, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, lo siento”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo.” Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad?
»Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve cómo se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.
»Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.
«Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. Tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico, y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce a otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de despedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.
»Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir.”
Y que Dios te libre de la partida de una muñeca si vivís cerca de Franz Kafka.
V
Cajas
Terminó el café y empezó a divagar sobre los salidas posibles a una búsqueda que había quedado aniquilada bajo el aroma del cartón llenándose nuevamente con ella. Ella, el ruido de discos y libros agolpándose una vez más en las mismas cajas, disfrazes tan fríos. Una repetición a cámara lenta del terror. Slow motion, pensó.
El sueño que habían querido construir juntos, después de todo, se había puesto en marcha por separado y se apagaba en forma de una idéntica distancia.
El cigarrillo lo ayudaba a recordar los problemas de ella con sus viejos, la forma en que escuchó por primera vez aquella memoria imposible que le había heredado su padre. Su papá era un santísimo hijo de puta, diablo socarrón, ella no tenía nada que ver. Y cómo se hace para no tener nada que ver. Él: silencio, una incapacidad desmesurada. Inútilmente hubiese intentado corregir con palabras la fanfarria horrorosa que reverberaba en los oídos de aquel fantasma angelical. Verla recordar era casi como ir a un cine terrible a dónde proyectan un primer plano de la fuerza incontrolable que tomaba posesión repentina de sus ideas primero, luego había que esperar unos segundos y se podía atestiguar como toda esa historia del dolor vertebraba su abdomen, su cuello, sus ojos. Ríos de lava goteando sobre alas de papel.
El mismo pucho le impedía ahora revelar la imagen en la que se decidió a aliviarla con un beso de una buena vez. Un humo blanco que ahora borroneaba un pasado en el que sus dos figuras temblaron por el mismo Julio, se fundieron incorregibles en una oscuridad enceguecedora, en un secreto a voces tejido por las canciones que esa noche hicieron rimar ambas espaldas. Soundtrack, anotó mentalmente.
Entonces llegó el viaje hasta aquel departamento mínimo de Barrio Alberdi. La aventura hermosamente temeraria de vivir sin más que dos mangos, el viento que pervierte a las cortinas y Ruby Tuesday al menos una vez por día. Los dibujos que ella vendía por unos pesos en el Centro, las traducciones apresuradas, violentas, por las que él cobraba lo suficiente para esta noche fideos con manteca.
Increíble la seguridad con que acomodaron sus pocas cosas. El convencimiento absoluto de ella para decretar que cenicero por acá, Lautréamont por allá y el desayuno del domingo justo al costado de las ventanas abiertas.
Un castillo de xelofán, el Louvre quedaba en Barrio Alberdi.
Después vino el derrumbe, los abanicos de pánico.
Intentó rastrear el instante preciso de su regreso al silencio. Hubiese querido poder asignar una fecha concreta a su imposibilidad recurrente para construir un puente hacia el sótano en que ella vivía, los manuales inexistentes para apaciguar las tormentas titánicas que allí se engendraban, inmortales. Los pasillos de dónde ella venía y no demolía ningún Alberdi, ningún Louvre, ningún Ruby Tuesday.
El día que volvió a hablar, lo hizo guardando todas sus cosas en las mismas cajas, de nuevo Lautréamont por acá, bien abajo de estas sábanas arrugadas, y el domingo a la derecha si total ya no hay con quien desayunarlo. Pidió perdón por algo que él aún no alcanzaba a comprender y se escapó hacia el otro lado de la puerta, hacia vaya uno a saber qué volcanes entre Córdoba y el Mundo.
Ahora, pensó y lo hizo por última vez, él también jugaría aquel teatro nefasto de los objetos y las cajas.
El pelotudo del dueño lo echaba a patadones en el culo.
VI
Ojalá, sí, todas las casas en las que viviéramos quedaran bajo los techos de N.. Los barrios que resisten con solamente dos de sus palabras. Una ciudad de pie haciéndole preguntas.


