jerry-seinfeld.jpg

Mierda. Los relojes, un acopio gigante de mierda. El Meridiano de Greenwich en persona puede venir y chuparme bien un huevo.

Todavía me queda la mitad del apunte y él único fragmento de realidad en que puede detenerse mi atención es ese relojito en cuenta regresiva que presagia otro capítulo de Seinfeld.

Esta serie la rompió en los ’90. Los ’90 son una década que ya pasó hace rato y yo recién me vengo a enganchar anoche, 24 horas antes de rendir una materia que ya empieza a parecerme una de esas camionetas del CAP, pidiéndome documentos inclaudicablemente en mi lento recorrido por la Facultad.

Siete horas, 100 páginas y creo que para lo único que me preparé un café es para poder ver un nuevo capítulo de Seinfeld sin perderme ningún chiste.

En todas las Universidades del mundo, empezando por fuckin Cambridge, no hay ni la mitad de sabiduría que en la charla de Jerry Seinfeld con su amigo, el gordito de lentes, sobre el botón de una camisa.

Seinfeld es así de bueno: hablar con tu mejor amigo sobre el botón de su camisa.

Y no estoy hablando de Lost, eh. Acá no hay ninguna escena final que haga falta ensamblar desesperadamente durante el capítulo siguiente. Las cosas que pasan en un capítulo de Seinfeld empiezan y terminan en un capítulo de Seinfeld. Y la semana que viene a otra cosa. Podría irme a estudiar ahora mismo y verlo dentro de diez años, con seis pibes colgados del cuello y una esposa colérica que me putea todo el día, y me cagaría de risa con la misma intensidad. Pero es ahora o nunca, no consigo moverme, mi vista permanece anclada en un contador adentro de una computadora que descarga frenéticamente capítulos de una sitcom norteamericana de los años ’90.

Rindo en un puñado de horas, estoy en el horno, y sin embargo, si no estoy viendo Seinfeld, estoy escribiendo sobre Seinfeld.

El reloj dice cero. Que se vaya todo al carajo.

Una serie yanqui, cuando es lo suficientemente buena, puede arruinar tu vida académica y hacerte terriblemente feliz.