1. Noche
Ver 8 capítulos de Seinfeld la noche antes de rendir. Parar solamente para fumar y preparar más café. Mirar de reojo la soledad de los apuntes y tratar de idear un chiste basándose en esa imagen. Cuando no se te ocurra ninguno, sin que te joda demasiado, darse cuenta: talento es algo que Jerry Seinfeld tiene y vos no.
Tomar nota mental de cada uno de los temas que saca Seinfeld cuando se junta a tomar algo con alguno de sus amigos. Es la única forma, estar seguro, de intentar algo con la mina de la que te enamoraste en el bondi.
Convencerse de algo: las cosas que verdaderamente te deberían importar en la vida son aquellas de las que el tipo este, Jerry, habla todo el tiempo con sus amigos.
2. Barrabrava
Ir a verla a Madre cada vez que iba a jugar al voley. Notar que la energía con que salta y le pega a la pelota es la misma con que se ríe al mediodía. Desear, algún día, ser feliz como ella cuando jugaba al voley o cuando nos da un abrazo.
Preguntarse: ¿por qué usará siempre la camiseta 8, Madre?
Ir con Hermano a llevar la cuenta de los puntos en el tablero manual. Ir pasando y pasando los numeritos. Que siempre sea lo mismo, salvo cuando el punto lo haya hecho Madre. Cuando pase eso, sonreír con la panza, con el pelo, con los dedos que pasan lentamente el cartelito.
No hacer ningún esfuerzo por entender qué intenta cobrar el árbitro. Voltear la vista a la derecha, mirarlo a Hermano fijamente a los ojos y, en absoluto silencio, entender junto a él muchas cosas: Madre nos puede perdonar que llenemos de barro la casa, pero ni a palos se va a bancar que el tipo ese diga que la pelota picó afuera.
Disfrutar el hecho de que Padre sea el técnico. Hacer números y concluir que sí, de todas las veces que vinimos, y venimos siempre, una sola vez la mandó al banco. Una sola y ella seguro que lo recagó a pedo en casa, porque nunca más.
Después de eso, elegir, de entre todos, cualquier deporte. Por ejemplo: el básquet. Inscribirse en algún club “chico” cerca del barrio. Aprender a picar la pelota, despacito primero, después entre las piernas, atrás de la espalda, hasta que meter un triple se haga costumbre. Irse a otro club, uno más “importante”, “grande”, pero nunca olvidarse de aquel a donde tiramos por primera vez al aro. Nunca olvidarse de lo lejos que pasó la pelota ese día. Irse poniendo alto. Un día, volcarla. Jugar tan bien como para llegar a la NBA. Putear un árbitro y llegar a la NBA. Entonces, ahí sí, justo antes de jugar nuestro primer partido, pedir la camiseta número 8.
3. Vandalismo
Tener 8 años. Dibujar un mapa de Altos de Villa Cabrera. Señalar con una equis la ubicación de las casas de los 8 vecinos que peor nos caen. Un día, tomarse la tarde para visitar a cada uno de ellos. Que no vuele una mosca cuando pasamos y presionamos nerviosamente los timbres. Huir corriendo, correr como si nos hubiéramos robado la Mona Lisa y tuviéramos a todos los canas del mundo pisándonos los talones.
En la casa del que no nos deja jugar al fútbol a la hora de la siesta, repetir nuestra vendetta solemne al menos dos veces más. O las que sean necesarias.
Es personal.
Ring. ¡Rajen!
Cuatro
Hay cosas que nunca debería decirte: cuatro es la mitad de ocho y de todas formas yo nunca voy a poder escribir las páginas que hagan falta para convencerte de que vengás a mi casa.
5. Secundaria
Volver a hacer los 8 años que dura la secundaria en la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Pero esta vez, tener entre manos un secreto ancestral: las palabras justas para decirte que te quiero. No callarlo nunca. Un grito que te sacuda los hombros desde la casita de Argüello, el portero, hasta el aula de Plástica allá en el segundo piso.
Empezar a fumar nada más que para poder ir al baño a tener las primeras noticias de la adrenalina. La adrenalina, resolver silogísticamente, se paga con amonestaciones.
Comprar el bar del frente nada más que para dejar de gastar en las fichas de metegol.
Conocer a L..
Nunca quedarse mirando como pasa el tiempo.
6. Cine
Ir a lo de R.. Preguntarle qué es el Cine. No creerle nada de lo que diga, pero tener siempre presente que uno no conoce el Cine intentando ir mas allá de compartirlo con R..
Pasar toda una noche en vela, escribiendo un guión de 8 minutos a dónde dos tipos hablan de nada en un patio mientras fuman un pucho. Pedirle a R. que lo filme y que gane la Palma de Oro en Cannes con eso.
Charla con R.: 1. Exterior Patio – Noche.
7. Milanesas
Una de estas tardes, irse a comer a lo de la Nona. Dejar de prometerle que vamos a ir y pasar de una puta vez a los hechos. Ser un poco más pragmático no puede ser malo si la Nona quisiera decirte un montón de cosas cuando aparecés doblando tu cuerpo por una esquina de Villa Cabrera.
Mientras entrás a su casa, tomarte un minuto para respirar. Puedo ser alguien que escribe siempre sobre las mismas cosas, pero si estuvieras ahí, cuando hay olor a Villa Cabrera. Ponerse contento por el aroma a milanesas que viene de la cocina. El olor de Villa Cabrera.
Villa Cabrera, recordar, huele a jardines vírgenes.
Sentarse a la mesa y exigirle a la Nona que también se siente. Escucharla mientras habla, pero sobre todo verla mientras habla, entonces distraerse un poco pensando que toda la historia de su vida está entre sus ojos acuosos. Contestarle todas las preguntas que haga. Preguntarle por todas las cosas que uno siempre quiso saber del Nono.
Aprender periodismo con la Nona.
Ese día, comer 8 milanesas. Mínimo.
Ocho
Pedirte de ocho formas distintas que me des un beso. Reducir mi perseverancia inútil a un número igual al que usaba mi vieja cuando jugaba al voley y a la cantidad de capítulos de Seinfeld que vi anoche. Pedirte ocho veces que me des un beso y que me des solamente uno. La ingeniería se aprende así, a los tropezones, tratando de llegar a tus labios.