Burton

Febrero 19, 2008

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Publicado recién, en Revista Jamming.

La barbería de los horrores

1.

Cuando tenía 4 años uno de mis peores miedos tenía que ver con la serie de visitas periódicas a la peluquería que, implacable, exigía mi vieja.

Siempre fui cagón, pero de pendejo se me iba la mano: realmente me ponía muy mal que una persona dedicara 15 minutos de su vida a un juego de mesa con tijeras y navajas cuyo tablero tenía que ser mi cabeza.

Lo superé. La señora que cortaba el pelo en mi barrio no podía ser ninguna asesina serial en potencia, sobraba con mirarla a los ojos. Era una buena mina que vivía de eso y mientras hicieras lo que te pedía y luego le pagaras los correspondientes 10 pesos, las cosas no tenían por qué ir mal.

Hace algunos años volví a vivir al mismo barrio y me crucé con ella. Me reconoció. Nos saludamos y me preguntó algunas cosas.

No salí corriendo, el pánico se había convertido en una extraña forma de nostalgia.

Hasta que anoche Tim Burton me obligó a replantear algunos viejos temores.

2.

Sweeney Todd es el nombre que titula el regreso a mis terrores de infancia.

Acaba de llegar en barco a Londres y anda con unas ganas terribles de cobrarle a toda la ciudad los 15 años que le robó un juez bastante hijo de puta con la cara de Alan Rickman.

Tiene el gesto triste de un Johnny Depp excelente.

Está viviendo en su vieja piecita de la calle Fleet, arriba del local de una mina que tiene los pelos a lo Robert Smith y una combinación rara de ternura inocente con paciencia gore. Ella hace los peores pasteles de carne de Londres, dice. Hace lo que puede para sobrevivir.

Sweeney quiere saber de su mujer, quiere saber de su hija. Con esas respuestas, Londres, vas a terminar de convencerlo de que nos tire en un pozo a todos. Nos lo merecemos por ser tan banales, un montón de extraños preocupados sólo por tener la mejor afeitada de la ciudad.

Nadie va a notar tu ausencia, esa es el arma secreta de Sweeney. Y unas navajas con mango de plata. Navajas híper afiladas con mango reluciente de plata.

3.

Ay, Nena / no sabés como me cagaron la vida / entenderías mi bronca / entenderías la forma en que te voy a usar / me voy a venir a vivir con vos / a una callecita de Londres / Londres es una ratonera / Londres entera se puede ir al carajo / ¿no viste dónde dejé mis navajas? / cantemos a coro / They all deserve to die / ¿que opinás? / dale, juguemos a que yo les afeito los pelos de la barba a todos / y que vos sacás a flote tu negocio / ganémonos el pan / estamos tan solos los dos en Londres / me voy a venir a vivir con vos / te voy a enamorar / mi plan entero / se sustenta en tus ganas desesperadas de darme un beso

4.

Hace lo que quiere, Burton, dijimos cuando terminó la película. Lo envidiamos.

Sweeney Todd probablemente sea su delirio más retorcido. Una Londres perfectamente inventada que parece un ejemplo de lo que podría ser Ciudad Gótica de estar regida por las leyes del cine de época. Una ciudad oscura, sucia, una ciudad a dónde la chimenea de tu restorán escupe el humo más negro del mundo. Una casita gris a dónde la sangre chorrea a borbotones bien Kill Bill. Ya resulta reiterativo insistir sobre el virtuosismo siempre desplegado desde la dirección de arte en las películas de Burton.

Lo que a esta altura ya podría llamarse fantasías burtonianas no ha generado descendencia alguna en el cine actual. El programa de cine que expone Tim Burton conforma así un estilo único desde el cual la exageración de mundos imaginarios, de países inexistentes, de escenas imposibles, es lo que abre un terreno atractivo para la inserción e identificación del espectador en las historias. Un procedimiento paradójico en que la sobreexposición de ciertas irrealidades determina directamente la realidad con que se perciben las mismas.

Lo cual, en fin, es igual al comentario de fanáticos que compartimos a la salida del cine: Tim Burton está filmando putamente bien.

5.

Y el final es espectacular. Terrible, brutal, desolador. Musical.

 

1. Noche

Ver 8 capítulos de Seinfeld la noche antes de rendir. Parar solamente para fumar y preparar más café. Mirar de reojo la soledad de los apuntes y tratar de idear un chiste basándose en esa imagen. Cuando no se te ocurra ninguno, sin que te joda demasiado, darse cuenta: talento es algo que Jerry Seinfeld tiene y vos no.

Tomar nota mental de cada uno de los temas que saca Seinfeld cuando se junta a tomar algo con alguno de sus amigos. Es la única forma, estar seguro, de intentar algo con la mina de la que te enamoraste en el bondi.

Convencerse de algo: las cosas que verdaderamente te deberían importar en la vida son aquellas de las que el tipo este, Jerry, habla todo el tiempo con sus amigos.

2. Barrabrava

Ir a verla a Madre cada vez que iba a jugar al voley. Notar que la energía con que salta y le pega a la pelota es la misma con que se ríe al mediodía. Desear, algún día, ser feliz como ella cuando jugaba al voley o cuando nos da un abrazo.

Preguntarse: ¿por qué usará siempre la camiseta 8, Madre?

Ir con Hermano a llevar la cuenta de los puntos en el tablero manual. Ir pasando y pasando los numeritos. Que siempre sea lo mismo, salvo cuando el punto lo haya hecho Madre. Cuando pase eso, sonreír con la panza, con el pelo, con los dedos que pasan lentamente el cartelito.

No hacer ningún esfuerzo por entender qué intenta cobrar el árbitro. Voltear la vista a la derecha, mirarlo a Hermano fijamente a los ojos y, en absoluto silencio, entender junto a él muchas cosas: Madre nos puede perdonar que llenemos de barro la casa, pero ni a palos se va a bancar que el tipo ese diga que la pelota picó afuera.

Disfrutar el hecho de que Padre sea el técnico. Hacer números y concluir que sí, de todas las veces que vinimos, y venimos siempre, una sola vez la mandó al banco. Una sola y ella seguro que lo recagó a pedo en casa, porque nunca más.

Después de eso, elegir, de entre todos, cualquier deporte. Por ejemplo: el básquet. Inscribirse en algún club “chico” cerca del barrio. Aprender a picar la pelota, despacito primero, después entre las piernas, atrás de la espalda, hasta que meter un triple se haga costumbre. Irse a otro club, uno más “importante”, “grande”, pero nunca olvidarse de aquel a donde tiramos por primera vez al aro. Nunca olvidarse de lo lejos que pasó la pelota ese día. Irse poniendo alto. Un día, volcarla. Jugar tan bien como para llegar a la NBA. Putear un árbitro y llegar a la NBA. Entonces, ahí sí, justo antes de jugar nuestro primer partido, pedir la camiseta número 8.

3. Vandalismo

Tener 8 años. Dibujar un mapa de Altos de Villa Cabrera. Señalar con una equis la ubicación de las casas de los 8 vecinos que peor nos caen. Un día, tomarse la tarde para visitar a cada uno de ellos. Que no vuele una mosca cuando pasamos y presionamos nerviosamente los timbres. Huir corriendo, correr como si nos hubiéramos robado la Mona Lisa y tuviéramos a todos los canas del mundo pisándonos los talones.

En la casa del que no nos deja jugar al fútbol a la hora de la siesta, repetir nuestra vendetta solemne al menos dos veces más. O las que sean necesarias.

Es personal.

Ring. ¡Rajen!

Cuatro

Hay cosas que nunca debería decirte: cuatro es la mitad de ocho y de todas formas yo nunca voy a poder escribir las páginas que hagan falta para convencerte de que vengás a mi casa.

5. Secundaria

Volver a hacer los 8 años que dura la secundaria en la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Pero esta vez, tener entre manos un secreto ancestral: las palabras justas para decirte que te quiero. No callarlo nunca. Un grito que te sacuda los hombros desde la casita de Argüello, el portero, hasta el aula de Plástica allá en el segundo piso.

Empezar a fumar nada más que para poder ir al baño a tener las primeras noticias de la adrenalina. La adrenalina, resolver silogísticamente, se paga con amonestaciones.

Comprar el bar del frente nada más que para dejar de gastar en las fichas de metegol.

Conocer a L..

Nunca quedarse mirando como pasa el tiempo.

6. Cine

Ir a lo de R.. Preguntarle qué es el Cine. No creerle nada de lo que diga, pero tener siempre presente que uno no conoce el Cine intentando ir mas allá de compartirlo con R..

Pasar toda una noche en vela, escribiendo un guión de 8 minutos a dónde dos tipos hablan de nada en un patio mientras fuman un pucho. Pedirle a R. que lo filme y que gane la Palma de Oro en Cannes con eso.

Charla con R.: 1. Exterior Patio – Noche.

7. Milanesas

Una de estas tardes, irse a comer a lo de la Nona. Dejar de prometerle que vamos a ir y pasar de una puta vez a los hechos. Ser un poco más pragmático no puede ser malo si la Nona quisiera decirte un montón de cosas cuando aparecés doblando tu cuerpo por una esquina de Villa Cabrera.

Mientras entrás a su casa, tomarte un minuto para respirar. Puedo ser alguien que escribe siempre sobre las mismas cosas, pero si estuvieras ahí, cuando hay olor a Villa Cabrera. Ponerse contento por el aroma a milanesas que viene de la cocina. El olor de Villa Cabrera.

Villa Cabrera, recordar, huele a jardines vírgenes.

Sentarse a la mesa y exigirle a la Nona que también se siente. Escucharla mientras habla, pero sobre todo verla mientras habla, entonces distraerse un poco pensando que toda la historia de su vida está entre sus ojos acuosos. Contestarle todas las preguntas que haga. Preguntarle por todas las cosas que uno siempre quiso saber del Nono.

Aprender periodismo con la Nona.

Ese día, comer 8 milanesas. Mínimo.

Ocho

Pedirte de ocho formas distintas que me des un beso. Reducir mi perseverancia inútil a un número igual al que usaba mi vieja cuando jugaba al voley y a la cantidad de capítulos de Seinfeld que vi anoche. Pedirte ocho veces que me des un beso y que me des solamente uno. La ingeniería se aprende así, a los tropezones, tratando de llegar a tus labios.

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Mierda. Los relojes, un acopio gigante de mierda. El Meridiano de Greenwich en persona puede venir y chuparme bien un huevo.

Todavía me queda la mitad del apunte y él único fragmento de realidad en que puede detenerse mi atención es ese relojito en cuenta regresiva que presagia otro capítulo de Seinfeld.

Esta serie la rompió en los ’90. Los ’90 son una década que ya pasó hace rato y yo recién me vengo a enganchar anoche, 24 horas antes de rendir una materia que ya empieza a parecerme una de esas camionetas del CAP, pidiéndome documentos inclaudicablemente en mi lento recorrido por la Facultad.

Siete horas, 100 páginas y creo que para lo único que me preparé un café es para poder ver un nuevo capítulo de Seinfeld sin perderme ningún chiste.

En todas las Universidades del mundo, empezando por fuckin Cambridge, no hay ni la mitad de sabiduría que en la charla de Jerry Seinfeld con su amigo, el gordito de lentes, sobre el botón de una camisa.

Seinfeld es así de bueno: hablar con tu mejor amigo sobre el botón de su camisa.

Y no estoy hablando de Lost, eh. Acá no hay ninguna escena final que haga falta ensamblar desesperadamente durante el capítulo siguiente. Las cosas que pasan en un capítulo de Seinfeld empiezan y terminan en un capítulo de Seinfeld. Y la semana que viene a otra cosa. Podría irme a estudiar ahora mismo y verlo dentro de diez años, con seis pibes colgados del cuello y una esposa colérica que me putea todo el día, y me cagaría de risa con la misma intensidad. Pero es ahora o nunca, no consigo moverme, mi vista permanece anclada en un contador adentro de una computadora que descarga frenéticamente capítulos de una sitcom norteamericana de los años ’90.

Rindo en un puñado de horas, estoy en el horno, y sin embargo, si no estoy viendo Seinfeld, estoy escribiendo sobre Seinfeld.

El reloj dice cero. Que se vaya todo al carajo.

Una serie yanqui, cuando es lo suficientemente buena, puede arruinar tu vida académica y hacerte terriblemente feliz.

Mudanzas

Febrero 8, 2008

I

Ojalá todas las casas empezaran donde las construye N.. A ella, que siempre tiene ojos mejores que los míos, le debo ésta. La foto que eligió es hermosa, aunque me haga quedar como un maricón. No creo que sea peor a describir la fiesta de tigres que brota si te llega a tocar un pelo. En fin, Arquitectura.

II

Baile Uno

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Bailar. Una mudanza de cuerpo y espíritu y le hacemos dedo a los Chemical Brothers. Girás la cabeza como loca, tu pelo sacude el aire, yo trato de subir y bajar de espaldas las escaleras de tu mentón. Hacer equilibrio. Creamfields me importa un carajo, no puedo ni siquiera pensar en la posibilidad de una pista de baile fuera del rastro al que se abandonan tus piernas. El quiebre inseguro de tus piernas. Pista de baile. Intento seguirte, todavía me resbalo, insisto en mis tentativas inútiles de hacer equilibrio. 1. Transpiración; 2. Cansancio; 3. Rehabilitación. Chemical Brothers. Transmigración, una mudanza de cuerpo y espíritu subidos al auto de unos tipos que se llaman Tom y Ed.

III

Baile Dos

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El tipo que mejor filmó Nueva York probablemente haya sido Jim Jarmusch en Permanent Vacation. Algún día voy a hablar más de eso, de la facilidad de algunas personas para retratar determinadas ciudades, de que para mí Córdoba queda más cerca si es en un texto de Salzano, de que no debe haber una París mejor que la que escribió Cortázar en Rayuela.

Es 1980 y Jarmusch juntó aunque sea unas pocas monedas para filmar su ópera prima. Entonces, Cine: Jarmusch nos muestra Nueva York desde los pies de Allie, un vagabundo constante que no puede hacer otra cosa que caerte bien desde su peinado raro, su forma de combinar trajes con cigarrillos y su fanatismo casi freak por Charlie Parker. Nunca pude pensar nada malo de la gente que todavía quiere demasiado a Charlie Parker. Pero volvamos a la Nueva York de Jarmusch. Allie es una hora y monedas de caminata, travelling. Nueva York, entonces, es el puñado de diálogos en los que se detiene el protagonista en su trayecto a Por Qué Mejor No Le Preguntan A Él. Lo que aparece entonces es una ciudad diagonal, un comentario sacado de contexto, una colección de sujetos bizarros, marginales. Una siesta en una terraza. Y yo nunca fui a Nueva York, pero uno empieza a creer que personajes como esos son la ciudad entera. Quién pudiera desnudar así a una ciudad como lo hizo Jim Jarmusch a los 27 años.

Una escena que me conmueve: Allie está visitando a su único domicilio al menos periódico, una chica que no le saca los ojos a la ventana mientras él le pasa el parte de novedades, desde el Jueves que no te veo, dónde anduve, siempre por ahí. Silencio y apurarse para poner en el tocadiscos un jazz violento de Bird. Toda la velocidad del mundo, pensé la primera vez que la ví, no puede ni pisarle los talones a la danza bebop de Allie en Jarmusch.

Alloysius, un día dejás una nota y te tomás el palo a Francia.

Bailar con Charlie Parker y el tipo de Permanent Vacation. Eso es bailar. Eso es una mudanza. No estacionar en ningún lado, no hace falta para que siga siendo mandarte a mudar cuando te vayás a París.

IV

Muñeca

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Sacado de un libro de Auster. Tom le cuenta a Nathan, es Brooklyn Follies:

 

“Estamos en el último año de la vida de Kafka, que se ha enamorado de Dora Diamant, una chica polaca de diecinueve o veinte años de familia hasídica que se ha fugado de casa y ahora vive en Berlín. Tiene la mitad de años que él, pero es quien le infunde valor para salir de Praga, algo que Kafka desea hacer desde hace mucho, y se convierte en la primera y única mujer con quien Kafka vivirá jamás. Llega a Berlín en el otoño de 1923 y muere la primavera siguiente, pero esos últimos meses son probablemente los más felices de su vida. A pesar de su deteriorada salud. A pesar de las condiciones sociales de Berlín: escasez de alimentos, disturbios políticos, la peor inflación en la historia de Alemania. Pese a ser plenamente consciente de que tiene los días contados.

»Todas las tardes, Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día, se encuentran con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. “¿Y tú cómo lo sabes”, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, lo siento”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo.” Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad?

»Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve cómo se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.

»Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.

«Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. Tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico, y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce a otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de despedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.

»Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir.”

Y que Dios te libre de la partida de una muñeca si vivís cerca de Franz Kafka.

V

Cajas

Terminó el café y empezó a divagar sobre los salidas posibles a una búsqueda que había quedado aniquilada bajo el aroma del cartón llenándose nuevamente con ella. Ella, el ruido de discos y libros agolpándose una vez más en las mismas cajas, disfrazes tan fríos. Una repetición a cámara lenta del terror. Slow motion, pensó.

El sueño que habían querido construir juntos, después de todo, se había puesto en marcha por separado y se apagaba en forma de una idéntica distancia.

El cigarrillo lo ayudaba a recordar los problemas de ella con sus viejos, la forma en que escuchó por primera vez aquella memoria imposible que le había heredado su padre. Su papá era un santísimo hijo de puta, diablo socarrón, ella no tenía nada que ver. Y cómo se hace para no tener nada que ver. Él: silencio, una incapacidad desmesurada. Inútilmente hubiese intentado corregir con palabras la fanfarria horrorosa que reverberaba en los oídos de aquel fantasma angelical. Verla recordar era casi como ir a un cine terrible a dónde proyectan un primer plano de la fuerza incontrolable que tomaba posesión repentina de sus ideas primero, luego había que esperar unos segundos y se podía atestiguar como toda esa historia del dolor vertebraba su abdomen, su cuello, sus ojos. Ríos de lava goteando sobre alas de papel.

El mismo pucho le impedía ahora revelar la imagen en la que se decidió a aliviarla con un beso de una buena vez. Un humo blanco que ahora borroneaba un pasado en el que sus dos figuras temblaron por el mismo Julio, se fundieron incorregibles en una oscuridad enceguecedora, en un secreto a voces tejido por las canciones que esa noche hicieron rimar ambas espaldas. Soundtrack, anotó mentalmente.

Entonces llegó el viaje hasta aquel departamento mínimo de Barrio Alberdi. La aventura hermosamente temeraria de vivir sin más que dos mangos, el viento que pervierte a las cortinas y Ruby Tuesday al menos una vez por día. Los dibujos que ella vendía por unos pesos en el Centro, las traducciones apresuradas, violentas, por las que él cobraba lo suficiente para esta noche fideos con manteca.

Increíble la seguridad con que acomodaron sus pocas cosas. El convencimiento absoluto de ella para decretar que cenicero por acá, Lautréamont por allá y el desayuno del domingo justo al costado de las ventanas abiertas.

Un castillo de xelofán, el Louvre quedaba en Barrio Alberdi.

Después vino el derrumbe, los abanicos de pánico.

Intentó rastrear el instante preciso de su regreso al silencio. Hubiese querido poder asignar una fecha concreta a su imposibilidad recurrente para construir un puente hacia el sótano en que ella vivía, los manuales inexistentes para apaciguar las tormentas titánicas que allí se engendraban, inmortales. Los pasillos de dónde ella venía y no demolía ningún Alberdi, ningún Louvre, ningún Ruby Tuesday.

El día que volvió a hablar, lo hizo guardando todas sus cosas en las mismas cajas, de nuevo Lautréamont por acá, bien abajo de estas sábanas arrugadas, y el domingo a la derecha si total ya no hay con quien desayunarlo. Pidió perdón por algo que él aún no alcanzaba a comprender y se escapó hacia el otro lado de la puerta, hacia vaya uno a saber qué volcanes entre Córdoba y el Mundo.

Ahora, pensó y lo hizo por última vez, él también jugaría aquel teatro nefasto de los objetos y las cajas.

El pelotudo del dueño lo echaba a patadones en el culo.

VI

Ojalá, sí, todas las casas en las que viviéramos quedaran bajo los techos de N.. Los barrios que resisten con solamente dos de sus palabras. Una ciudad de pie haciéndole preguntas.